Amor de gato.

Ayer, esa bolita de pelo me hizo llorar amargamente. Tenemos ocho o nueve años juntas, es hija de la gatita gris de mi madrina, y por su pelaje siamés, asumimos que es nieta o bisnieta de un gato siamés de verdad que tuvo mi primo muchos años antes, dejando algún descendiente suyo en la cuadra, que luego sería el papá de mi Bowie.

Me tomó bastantes años convencer a mis papás que me dejaran tener una mascota. Cuando niña, mi mamá y yo tuvimos un perro Lucky (todos sus hermanos murieron en una tormenta, y a él como único sobreviviente le pusimos suertudo), aunque su nombre más apropiado era Loqui, por loquillo. Una casa de muñecas destruida y varios zapatos después, mi mamá decidió que no éramos las cuidadoras apropiadas para Loqui y lo mandó a vivir al rancho de un tío, donde podría correr, jugar y cuidar animales, y así fue, se convirtió en el compañero favorito del tío Félix, corriendo atrás de su caballo para acompañarlo al rancho y vivió 14 años siendo un perro muy feliz. Por nuestra parte, se estableció una política estricta en mi casa de no tener animales; ya que habíamos fracasado estrepitosamente con el cuidado y educación del perro Loqui, mi mamá no estaba muy dispuesta a intentarlo otra vez. No la culpo, suficiente tenía cuidándome a mí, con trabajo matutino y vespertino para pagar colegiatura, renta y comida, como para sumarle un perro a la compleja ecuación.

En ese entonces a mí me bastaba con tener suficientes libros que leer en las tardes, y las ocasionales visitas a casa de mi abuelita o mi madrina, donde siempre hubo perro y gato, satisfizo la cuota de pelos y apapachos requerida por mí en el momento.

Cuando entré a la prepa, tuve mi primer novio de veras, cuya familia resultó ser amante de los gatos. Tenían dos o tres gatos enormes, que eran el pretexto perfecto para visitar su casa muy seguido. Resultó entonces que los gatos llegaron a mi vida junto con el amor adolescente, y con esa misma intensidad y persistencia, decidí que quería un gato compañero. Y casualmente, el nieto del gato siamés y la gatita gris rescatada de mi madrina, tuvieron un encuentro de amor adolescente, y resultó embarazada. Convencí a mis papás a regañadientes, jurando y perjurando que la caja de arena nunca permanecería más de un día sucia, que estaba lista para hacerme cargo de otro ser y para demostrarlo, decidieron que tendría que ir yo sola a recoger al pequeño felino.

Mi madrina vive en un poblado del estado de México, famoso por ser el hogar de Sor Juana Inés de la Cruz. Para llegar ahí había que tomar un camión en la TAPO y viajar 2 horas en carretera. Sobra decir que nunca en mi vida había ido yo sola en camión hasta allá, así que también fue algo así como un viaje de iniciación que mi mamá preparó para ver si de verdad tenía tantas ganas de un gato. Me dieron todas las indicaciones, me bajé en metro San Lázaro y averigüé cuál era la puerta que me llevaría a la TAPO, compré mi boleto de camión y me dispuse a la travesía. Tuve miedo, mi abuelita y mi madrina estaban escandalizadas de que me mandaran sola, pero con todo, me tragué mis lágrimas en el asiento y llegué a su casa sana y salva.

Durante el viaje, decidí que yo no escogería al gato, sino que dejaría que me escogiera a mí. Iba prevenida con una cajita de zapatos para guardarla en mi mochila para el regreso y un sobre de comida para gatos. La estrategia que ideé fue simple: me sentaría cerca del lugar donde comenzaban a explorar los gatitos y el primero que se acercara, sería mi compañero. Y así fue: llegué, me senté y esperé. Durante los primeros minutos, ningún gato pareció inmutarse por mi presencia, incluso llegué a pensar que nadie me escogería y que mi viaje en camión había sido en vano, que regresaría con las manos vacías y me quedaría sin compañero gatuno [esta soy, siempre he sido así], hasta que una de las crías se acercó a oler mi pantalón. Eran cinco hermanos, tres gatos grises como la mamá y dos gatos siameses, como el papá. Una pequeña bolita siamés olía con curiosidad mi pantalón, luego mi mano y decidió que era lo suficientemente interesante como para escalar a mi regazo. Para mí fue señal suficiente de que estaba dispuesta a confiar en mí para su cuidado, y así nos volvimos compañeras.

Le puse Bowie, pero para que no la confundiesen con David, yo le decía Bawi. Los primeros días en su nueva casa, se escondía debajo del refrigerador (así de chiquita era) y la única manera en la que podía convencerla de salir, era ofreciéndole mi mano con comida. Ese gesto se estableció como una constante entre nosotras y hasta ahora, si confía en ti te pedirá comida en la mano. Me gustaba llevarla de paseo a CU para que subiera árboles y caminara en el pasto, en la unidad donde vivía con mis papás, Bowie hizo un amigo, un gato negro con el que se iban a explorar, él gato le maullaba desde abajo y ella me pedía salir, hasta que yo le chiflaba para que regresara y volvían los dos, el gato negro se quedaba abajo hasta que Bowie se metía y luego se iba. Después de esterilizarla, ya no quiso salir más. Su esterilización me conflictuó muchísimo, le decía a mi mamá que si yo tenía derecho a decidir sobre su reproducción, lo justo era que yo también me esterilizara, así que quizá aquí empezó mi decisión de no tener hijxs.

Cuando me salí de casa de mis papás, Bawi vino conmigo. Mi mamá insistió en que a los gatos no les gusta mudarse y que lo mejor para ella era dejarla ahí para que yo pudiera visitarla cuando quisiera. Claro que también sabía que no les gusta mudarse, pero pensé que para Bawi, su casa era yo, así que poco importaba donde viviéramos, siempre y cuando estuviéramos juntas. Así ha sido, hemos cambiado de colonia y paisaje 4 veces, pero siempre juntas.

Nuestra última mudanza nos trajo a la montaña, a una casa con jardín. Después de un proceso difícil y tormentoso, la vida nos regaló la oportunidad de construir un hogar basado en el amor, la ternura y el cuidado. De entrada, como a mí, le encantó la casa. Había más perros que los que estaba acostumbrada pero poquito a poco, se han acostumbrado a convivir y respetarse. Olvidé decir que cuando Bowie llegó a nuestras vidas, la política estricta de no animales en casa se disolvió y a los meses pocos de adoptarla a ella, mi hermana adoptó a un perro salchicha, y luego a otro, y cuando ya vivíamos solas, en un viaje a Veracruz apareció Pina, a quién le bastó un zarpazo en la nariz en su primer minuto en casa, para entender que Bowie era la señora de la casa, así que los caninos han sido parte de su vida también.

Además de perros, nuestra llegada a la montaña le trajo un nuevo nombre, siendo rebautizada por el pequeño Lucio como Wabi, más apropiado para una gatita de montaña. El jardín de la casa primero fue territorio de perros, pero en un intento de contener sus escapadas adolescentes, dividimos el jardín y ahora Wabi puede explorar libremente, sin preocuparse por las fieras caninas que la pueden confundir con una ardilla. Al principio, Wabi era muy cautelosa con el exterior, estudiando y analizando cada piedra, cada planta pero ahora algo ha despertado en ella que yo no puedo contener.

Wabi nunca desaparecía de casa, sus exploraciones con el gato negro terminaban cuando yo la llamaba y los paseos a CU eran regulados por el arnés gatuno que le ponía para poder alcanzarla. Pero ahora, Wabi tiene un jardín cuyos límites se desdibujan ante sus patitas escaladoras. Ayer, por primera vez en toda nuestra vida juntas, Wabi paso más de doce horas fuera, sin nadie que la cuidara, sin nadie que la llamara de vuelta. O más bien, decidió que no necesitaba que nadie la cuidara y que quería volver hasta que ella y no mi chiflido, quisiera. Y esa nueva libertad suya, que había estado guardada o domesticada todo este tiempo, me llena de temor. Así que escribo esto, para encontrar consuelo de alguna forma. Porque mi amor por ella me impide cerrar la puerta de la casa para evitar que salga. Porque no quiero que mi amor sea una prisión, pero tampoco sé muy bien como hacer para no sentir miedo de no volver a verla. Porque quizá Wabi, Bawi ha sido mi casa durante todos estos años, a costa de su libertad, y es algo egoísta, injusto y hasta cruel de mi parte querer restringir su libertad para mi beneficio.

Así que escribo esto para poner por sentado que nos hemos amado muchísimo, que ha sido mi refugio y consuelo y que yo he sido una cuidadora ejemplar para ella también. Y que siempre que ella lo deseé, seré su refugio, seré su casa, seré su compañera. Porque el amor es esto, amar la libertad de la otra, la plenitud de la otra, aún cuando una no sea parte eso.

Soy tuya siempre, gatita de nubes. Te amo.

Tomar el sol.

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