Día de la danza/día del niño

Karli bruja con tótem de gato que luego cobrará vida.
Karli bruja con tótem de gato que luego cobrará vida.

Cuando era chiquita, siempre decía que yo quería ser patinadora artística. Mi mamá solía llevarme a los shows On Ice de disney y la pequeña yo, soñaba con hacer piruetas y saltos sobre las brillantes navajas de los patines. Nunca aprendí a patinar, pero mi mami siempre procuró que mi cuerpo estuviera en movimiento y no dejó de inscribirme a clases de múltiples habilidades.

Aprendí a nadar en la alberca de un deportivo en la colonia Roma, incluso celebré un cumpleaños (mi última fiesta, por cierto) en ese lugar. Recuerdo muy bien que mi abuelita me llevaba: nos bajábamos en metro Chilpancingo y caminábamos sobre insurgentes, dábamos vuelta en la esquina del Woolworth, seguíamos caminando y aprovechábamos para pasar por un bazar de antigüedades y velas, una esquina más y llegamos. El deportivo sigue ahí pero yo dejé de ir cuando mi mamá se casó con el que sería mi papá adoptivo. En su lugar, nos inscribimos a la YMCA de éjercito nacional, un deportivo que a la edad que tenía me parecía inmenso. Creo que nunca lo conocí completo. Ahí empecé a tomar clases de gimnasia olímpica, y muy pronto me encontré con que el mundo de los deportes y yo no nos llevábamos tan bien. No era demasiado flexible, ni demasiado fuerte, me daba mucho miedo lastimarme y tampoco tenía muchas ganas de compararme con las otras niñas que sí eran flexibles, fuertes y con menos miedo que yo. Me gustaba mucho nadar, pero no me gustaba que me pusieran a dar vueltas en la alberca, me gustaba el tiempo libre de nadar por dónde yo quisiera como yo quisiera. Dejé de entrar a mis clases y pasé a esconderme de mi mamá para platicar con mis amigas. Doña Margarita no estaba muy contenta pagando un deportivo carísimo para que yo anduviera platicando, así que me invitó/obligó a entrar con ella a su clase de danzas polinesias.

Se abrió un mundo ante mis ojos. Descubrí que podía hacer y decir cosas con mi cuerpo sin sentirme abrumada por hacerlo perfecto. La maestra se llamaba Paty y era la más amorosa a la hora de compartir las coreografías, la técnica básica. Así que Karlita empezó a bailar. Vaya, que ya bailaba en las fiestas de la escuela y en la regadera. Pero de pronto, el sueño de ser patinadora artística fue mutando hasta volverse el sueño de ser bailarina profesional. Bailé, bailé y bailé. Disfrutaba mucho sentir que más allá del «paso perfecto» lo que importaba era lo que «transmitiera» tu baile. La expresividad, poder decir algo al que te observa, o que el que te observa pudiera sentir algo con el conjunto de movimientos que hacías. Bailé, bailé mucho. La danza me acompañó en la transición de mi niñez a la pubertad, mantuvo cuerda a mi mamá después de la pérdida de su hija y me mantuvo unida a mi mamá, porque nunca dejamos de bailar. La danza me llevó al teatro y luego el teatro me llevó a la danza otra vez.

Mi acercamiento más «profeshional» a la danza lo viví mientras estudiaba teatro en la Facultad de filosofía y letras. Estaba muy interesada en aprender todo lo que no había podido aprender con mi cuerpo cuando niña (flashback a Karla asustada en clase de gimnasia) y, aprovechando mi ímpetu universitario, me inscribí a clases de ballet, circo y danza contemporánea. No tenía mucha técnica pero no se me olvida la clase de danza en los salones de la sala Miguel Covarrubias donde la maestra (no me acuerdo de su nombre pero las diosas me la tengan muy bien guardada) dijo ante la clase que yo era la única que no tenía miedo de expresar cuando se movía. Para ese momento, ya me sentía bailarina del Bolshoi y aprovechaba cada que podía para bailar. Una de esas veces, estaba en una reunión en casa de un amigo músico y esas casi siempre terminaban en un jam de improvisación de música (luego hago otra entrada de mis ganas de ser cantante), pero resultó que en ese jam, bailamos. Y se empezó a hacer costumbre que en las reuniones esas, al final ellos tocaban y Oscar, Aisha y yo, bailábamos. Un día, Aisha me contó que estaba en una escuela increíble y que seguramente me iba a encantar. Así que yo, llena de ímpetu universitario, me pareció muy factible ponerme a estudiar otra carrera al mismo tiempo que estudiaba teatro. Hice mi examen de admisión al CICO y fui muy feliz cuando, en el jardín Rosario Castellanos de la Facultad, abrí los resultados del examen y resultó había sido seleccionada. Mi sueño de ser patinadora artística y luego bailarina profesional estaba a punto de ser realidad. Atesoro muchísimo los momentos que viví en el CICO, aprendí anatomía, aprendí a mover mi columna vertebral, reafirmé que bailar también es jugar y conocí a una de mis amigas más queridas entre los salones de duela y jardineras de la escuela de Xocongo.

Al final no fui bailarina profesional, ni patinadora artística. Tampoco actriz ni cantante. Pero esta que soy, sigue bailando. Contra todo, a veces incluso contra mi misma, bailar me ha rescatado, me ha dado luz, me pone de buenas. Sigo sin ser demasiado ágil para las coreos, pero me hace feliz intentarlo. Aunque a veces parece que renuncié a ser observada en el escenario, sigo investigando formas de expresar con mi cuerpo. Aunque mi única espectadora a veces sea yo misma, o mi gata. Bailo para mí, bailo para sanarme, bailo para sacudirme, bailo para la niña que fui, bailo para nosotras. Mientras pueda respirar, podré seguir bailando.

Una danza de gato con bruja.

2 comentarios sobre “Día de la danza/día del niño

  1. Felicidades Karlita, la amistad que me une a tu mamá me ha permitido estar un poco al tanto de tu evolución como ser humano y hoy me dá mucho gusto leer lo que haz logrado y ser tú misma. La vida es un gran baile y hay que seguir los acordes y pasos poco a poco para disfrutarla y no equivocarte de paso para llegar a la felicidad. Bailar es lo máximo. Te recuerdo con cariño.

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