Día de muertxs

Este año es la primera vez que pongo una ofrenda de día de muertos. Tuvieron que pasar casi 17 años para que me atreviera a montar en mi casa una ofrenda.

Tengo algunos recuerdos de la infancia sobre el proceso de poner ofrenda en casa de mi abuelita. Recuerdo que la habitación destinada era el comedor grande, y la ofrenda cubría casi la mesa completa. Recuerdo el olor a cempasúchil y copal en el cuarto, recuerdo las fotografías de personas que yo no conocía pero que eran lo suficientemente importantes para ocupar un lugar en la ofrenda. Mi abuela mandaba a hacer muchísimo pan de muerto y había calaveritas de azúcar, platos de mole con arroz y otras delicias, botellas de tequila, agua, mandarinas, tejocotes y guayabas en almíbar, cañas y dulces esparcidos por toda la mesa.

Recuerdo que me parecía fascinante el proceso y la mística que había detrás de eso. No poder comer ni un poquito de la fruta que había en la mesa, porque era para ellxs. También pasaba mucho tiempo imaginando qué pasaba cuando llegaban lxs convidados al altar. ¿Qué pasaba con lo que estaba en el altar? ¿Se comían el alma de la comida que estaba en la mesa? ¿Cómo sabíamos si habían llegado o no? Había que buscar huellas, testigos de que algo o alguien había pasado por ahí: el cempasúchil del camino desordenado, las llamas de las velas que crepitaban a un ritmo, un aroma que no había estado ahí…

Cuando yo nací, el papá de mi mamá y mis tías, esposo de mi abuela, ya había fallecido, así que no sé lo que es tener un abuelo, pero cada fiesta de muertos, había que preparar el altar para el abuelo. Tendría como 6 años cuando falleció mi bisabuela Tomasita, la mamá de mi abuelita, así que el altar ganó un nuevo retrato. Cada año el altar ganaba un retrato hasta que un año dejamos de poner ofrenda.

El 2 de octubre en México suele ir acompañado de la consigna «no se olvida», a mí no se me olvida nunca que un 2 de octubre de 2003 falleció mi hermana Andrea, después de varios meses de luchar contra un cáncer inexplicable. Desde entonces, octubre tiene un sabor amargo en mi familia, octubre me duele, me cuesta atravesarlo. Desde 2003 que en mi casa no se ponía ofrenda, porque apenas habíamos cruzado el umbral de un mes sin la presencia de mi hermana cuando las tradiciones dictaban que había que honrar y celebrar a lxs muertos. No pudimos. Recuerdo vagamente que mi abuela intentó uno o dos años después incluirla en la ofrenda en su casa y las lágrimas de mi mamá fueron una súplica silenciosa para que no volviera a suceder. Dejamos de poner altar durante 17 años, hasta que este noviembre, algo se acomodó en mi proceso de duelo y decidí, por primera vez desde que me salí de casa de mis papás, poner un altar para honrar y recordar a mi hermana.

Un muy querido amigo una vez me dijo que era importante que tuviera un lugar en mi casa dedicado a mis muertxs y no me había atrevido a hacerlo hasta que me mudé a la montaña. Y justamente el mes de octubre, esta maravillosa montaña me enfrentó otra vez a la muerte, cuando mi preciosa gata guardiana encontró una madriguera de ratones bebés y decidió traer dos de ellos a la casa. Los rescatamos y cuidamos lo mejor que pudimos, pero mamíferos indefensos, necesitaban a su mamá ratona y murieron a los pocos días, uno de ellos en mis manos mientras intentaba mantener su cuerpo calientito. Ese día lloré muchísimo, porque la muerte acarrea lecciones que no siempre podemos procesar. Les hicimos un funeral precioso al atardecer y la lección de vida de los pequeños ratones cobró sentido: todas las vidas merecen ser honradas. Particularmente las de aquellos seres que nos regalaron tanto en su breve paso por este plano. Mi hermana me enseñó de fortaleza, paciencia y tranquilidad, y muchas otras cosas durante su tránsito en este mundo. Me tardé muchísimo tiempo en honrar su muerte, pero es que los duelos, duelen. Y duelen de distintas formas y se alivian a tiempos muy particulares. Pero este año, pusimos una ofrenda en casa para ella, la llenamos de papel picado con forma de perros y gatos, flores olorosas, corazones y muchas velas para iluminar su camino. Y como cuando era niña, me senté pacientemente a esperar las huellas que indicaran que había estado aquí.

Y sí vino.

mazapán lenteja (:

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